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Nuevo intermediario.

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Gente –  mi nuevo ordenador. Mi nuevo ordenador – gente.

Presentaciones hechas, si alguien tiene un mac que me lo diga porfa, que mis dudas se empiezan a acumular.

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De vuelta.

¡Aayy! Qué perecita da volver después de un mes campestre perdida, con las cosas que el campo tiene… Y las que no tiene, que también se han agradecido.

Así que volver con la perspectiva de exámenes no es muy acogedor.

En fiiin, sólo comentar que poco a poco me iré poniendo al día, que en realidad era el verdadero motivo de ésta entrada, y agradeceros (mucho) vuestros comentarios y visitas en mi ausencia.

Aquí una fotillo de mi paraíso particular.

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Bratislava.

Vuelvo a irme de vacaciones, pero ésta vez donde siempre, pirineo Aragonés.

Como tengo escritas varias entradas espero ir publicándolas cuando me conecte a internet.

Mientras tanto, como despedida estival…

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Capital de Eslovaquia. Tiene aproximadamente medio millón de habitantes y está bañada por el río Danubio.

El idioma oficial es el eslovaco (todo el mundo habla inglés) y su moneda es el euro.

Con una vida bastante barata para lo que estamos acostumbrados. Una habitación compartida al mes en una residencia de estudiantes, incluyendo servicio de internet y limpieza, cuesta 85€. Una jarra de cerveza en cualquier bar 50 céntimos.

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Está situada en el centro de Europa, a 60km de Viena, 200km de Budapest, 300km de Praga y 400km de Munich.

Eslovaquia limita con Polonia, Ucrania, Hungría, Austria y República Checa.

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Tiene un clima continental con cuatro estaciones con veranos cálidos e inviernos fríos y húmedos.

Tiene vuelo directo con Raynair desde Gerona y Alicante, Milán, Pisa, Bruselas, Londres, Frankfurt, Estocolmo, Dublin, Edimburgo, Bristol y Dusseldorf. (www.ryanair.es)

La mayoría de los edificios están ubicados en la ciudad vieja (Staré Mesto). El centro histórico se caracteriza por tener muchos palacios barrocos .

Tiene un castillo que corona la ciudad.

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Poseé bosques muy cerca de la ciudad por su privilegiada ubicación a orillas del Danubio. Tiene 110 metros cuadrados de espacio verde por habitante.

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Bueeeno, ¡pues aquí voy a pasar un añito apartir del 13 de septiembre!

¿Alguien lo conoce? ¿Algún consejo?

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Sobre la ilusión.

Hoy la tierra y los cielos me sonríen;
hoy llega al fondo de mi alma el sol;
hoy le he visto…, le he visto y me ha mirado…
¡Hoy creo en Dios!

Gustavo Adolfo Bécquer.

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Las bibliotecas así tienen mucha más gracia. A ver a ver… jijiji.

¿A alguien le ha pasado algo así?

¡Bien divertido es!

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Enamoramiento.

Buff… me he enamorado de éste vestido, ¿¿¿¿alguien sabe algo de él????

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Miedo a volar.

Con la tremenda catástrofe ocurrida, este tema por desgracia pasa a estar más en vogue que nunca.

Me confieso una persona con este “pecado”. No nací con él, porque hubo una época que me encantaba viajar en avión, pero a raíz de una mala experiencia éste temor irracional a veces puede conmigo. Por eso, por si algún lector lo padece también, me gustaría compartir algunos de los trucos que hacen que no me cague muera de miedo.

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En primer lugar, hay que saber que los momentos más críticos del vuelo son el despegue y el aterrizaje. Durante el vuelo es practicamente imposible que se caiga un avión (siempre hay una excepción que confirma la norma, visto lo visto. Pero tan sólo hay un 1% de probabilidades de que ésto ocurra).

Durante el despegue, sólo es crítico el primer minuto. ¿Porqué? Porque el avión no puede maniobrar desde que deja de tocar el suelo hasta que alcanza una velocidad llamada V2. Durante ese tiempo se encuentra en una velocidad de no retorno; es decir, que si pasa algo durante ese tiempo a rezar.

Pues bien, ¿Qué hace servidora? He intentado leer, oír música que me guste (aunque no se pueda), pensar en cosas agradables, darle la mano a mis padres, técnicas de relajación, fármacos… lo he probado todo, y lo único que hace que no me cague muera de miedo es contar hasta 100 muuuuuuyyy despacio, y a ser posible repitiendo números, para que así cuando deje de contar esté bien tranquilita de que no va a pasar nada.

Superado este punto (personalmente el que más hace que me cague muera de miedo) y explicada la seguridad del medio cuando alcanza la altura y velocidad de crucero, cuando hay turbulencias intento pensar lo que me han explicado tantas veces: el aire es un fluído, y el avión se mueve por él como el barco en el mar, dónde seguro que no tienes miedo que se hunda. Los movimientos se producen por aire con diferentes densidades y temperaturas y blablabla… (del cague pánico dejo de escuchar). Cuando la razón me importa tres pamplinas cierro los ojos y me imagino que voy en autobús, que se mueve mucho más y bien segura que me siento, incluso me divierte cuando coge baches.

A los que piensen que es un milagro aguantar colgado en el aire, sin nada debajo y que en cualquier momento el avión puede caer en picado, un piloto experto en fovias ironiza diciendo “Tiene la ventaja de que en esas caídas no queda tetrapléjico ninguno” (sinceramente, me he partido de risa al leerlo)

En cuanto al aterrizaje, no me pregunteís porque, pero como veo la tierra tan cerquita pienso que mal que bien podrán maniobrar para no matarnos, y no me da tanto pánico, pese a que es cuando se producen cerca del 40% de los accidentes. La alegría del “superviviente” será. Si ha de pasar algo que pase, yo ya estoy abajo.

Además de los tres momentos importantes, mejor no penseís que se producen catástrofes aun cuando el avión está en tierra y parado!!!! Ya lo que nos faltaba a los gallinas como yo.

También me tranquiliza muchísimo sentarme cuanto más delante mejor, al lado de una salida de emergencia o en su defecto en pasillo, que son los asientos más seguros (lo digo públicamente porque como este blog lo leen literalmente cuatro gatos, malo será que coincida con ellos en un avión y me quite mis asientos predilectos!)

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Para el que siga leyendo y le haya entrado por uno y salido por el otro, que sepa que hay cursillos organizados por las compañias aéreas, que valen un ojo de la cara, pero dicen que funciona. Te llevan un fin de semana a un hotel en barajas, un piloto desgrana el funcionamiento de todo el avión y un psicólogo te ayuda a afrontar las neuras. Después te suben a un simulador dónde te enfrentan a un viaje dificil y luego para amortizar los cerca de 600€, vuelas ida y vuelta a Barcelona donde “integras” lo aprendido.

También hay un libro, escrito por uno de los monitores que da el curso, Javier del Campo, que se llama “Feliz vuelo. Como perder el miedo a volar.”

http://www.miedoavolar.eu/index.html

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Si no has muerto de aburrimiento con semejante rollazo, sigues teniendo miedo, y no te puedes pagar el cursillo ni te apetece comprar el libro, quizá este artículo de Gabriel García Marquez te ayude a relativizar. Donde haya humor…

El único miedo que los latinos confesamos sin vergüenza, y hasta con un cierto orgullo machista, es el miedo al avión. Tal vez porque es un miedo distinto, que no existe desde nuestros orígenes, como el miedo a la oscuridad o el miedo mismo de que se nos note el miedo. Al contrario: el miedo al avión es el más reciente de todos, pues sólo existe desde que se inventó la ciencia de volar, hace apenas 77 años. Yo lo padezco como nadie, a mucha honra, y además con una gratitud inmensa, porque gracias a él he podido darle la vuelta al mundo en 82 horas, a bordo de toda clase de aviones, y por lo menos diez veces.No; al contrario de otros miedos que son atávicos o congénitos, el del avión se aprende. Yo recuerdo con nostalgia los vuelos líricos del bachillerato, en aquellos aviones de dos motores que viajaban por entre los pájaros, espantando vacas, asustando con el viento de sus hélices a las florecitas amarillas de los potreros, y que a veces se perdían para siempre entre las nubes, se hacían tortillas, y había que salir a media noche a buscar sus cenizas del modo más natural: a lomo de mula.

Una vez, siendo reportero de un diario de Bogotá, en una época irreal en que todo el mundo tenía veinte años, me mandaron con el fotógrafo Guillermo Sánchez a perseguir una mala noticia en uno de aquellos Catalinas anfibios que habían sobrado de la guerra. Volábamos sobre la plena selva de Urabá sentados en bultos de escobas, porque asientos no había en aquel sepulcro volante, ni una azafata de consolación a quien pedirle el número de su teléfono en el paraíso, y de pronto el avión se metió a tientas por donde no era y se extravió en un aguacero bíblico. No sólo llovía afuera, sino también adentro. Agarrándose a duras penas, el copiloto nos llevó un periódico para que nos tapáramos la cabeza, y vimos, con asombro, que apenas si podía hablar y le temblaban las manos.

Ese día aprendí algo muy alentador: también los pilotos tienen miedo, sólo que a ellos, como a los toreros, no se les nota tanto en el temblor de las manos como en las supersticiones. Un amigo español -tan temeroso del avión que nunca viajaba sentado- lo descubrió una mala noche de invierno en que lo invitaron a presenciar el decolaje en la cabina de mando. Era en Nueva York, durante una tormenta de nieve, y la tripulación permaneció muy serena en la cabeza de la pista, hasta que le dieron la orden de decolar. Entonces, como si fuera un requisito técnico insalvable, todos se persignaron al unísono. Mi amigo, comprendiendo que en el fondo de su alma también los pilotos tenían miedo, le perdió para siempre el miedo al avión.

Yo tuve una prueba todavía más sutil volando por entre las estrellas sobre el océano Atlántico. Hablando de todo, le pregunté al comandante por otro piloto amigo que había sido mi compañero de escuela. Yo ignoraba, por supuesto, que se había estrellado en el aeropuerto de Tenerife cuando trataba de aterrizar en medio de la borrasca. El comandante me lo dijo de otro modo, pero más revelador:

-Se retiró de la compañía hace tres años, en las islas Canarias.

Sin embargo, el buen miedo al avión no tiene nada que ver con las catástrofes aéreas. Picasso lo dijo muy bien: «No le tengo miedo a la muerte, sino al avión». Más aún: hubo muchos temerosos que perdieron el miedo al avión después de sobrevivir a un desastre. Yo lo contraje como una infección incurable volando a media noche de Miami a Nueva York, en uno de los primeros aviones a reacción. El tiempo era perfecto y el avión parecía inmóvil en el cielo, llevando a su lado esa estrella solitaria que acompaña siempre a los aviones buenos, y yo la contemplaba por la ventanilla con la misma ternura con que Saint-Exupery veía las fogatas del desierto desde su avión de aluminio. De pronto, en la lucidez de la vigilia, tuve conciencia de la imposibilidad física de que un avión se sostuviera en el aire, y me juré que nunca volvería a volar.

Lo cumplí durante diez años, hasta que la vida me enseñó que el verdadero temeroso del avión no es el que se niega a volar, sino el que aprende a volar con miedo. Es una especie de fascinación. De todos los temerosos insignes que conozco, el único que de verdad no vuela es el arquitecto brasileño Oscar Niemayer. En cambio, su compatriota George Amado, que es un timorato aéreo de los más grandes, ha tenido la audacia poética de volar en Concord desde París hasta Nueva York, para allí tomar un barco que lo llevara a Río de Janeiro. El escritor venezolano Miguel Otero Silva y el director de cine brasileño Ruy Guerra, por distintos caminos, han llegado a la conclusión de que la única manera de combatir el miedo al avión es volando con miedo, y lo combaten casi todos los meses. Carlos Fuentes, que no voló durante quince años y hacía unos viajes épicos de ocho días, cambiando de trenes, desde México hasta Nueva York, no sólo ha vuelto a volar, sino que la semana pasada fue a dictar una conferencia en la Universidad de Indiana, en una avioneta de un solo motor. Sin embargo, entre los grandes especialistas del miedo al avión no hay ninguno mejor que don Luis Buñuel, que a los ochenta años sigue volando impávido, pero muerto de miedo. Para él, el verdadero terror empieza cuando todo anda perfecto en el vuelo y, de pronto, aparece el comandante en mangas de camisa y recorre el avión a pasos lentos, saludando a cada uno de los pasajeros con una sonrisa radiante.

Mi madre no ha volado más de dos veces en su larga vida. Nunca ha sentido miedo, pero conoce muy bien el de sus hijos -que son doce-, de modo que mantiene siempre una vela encendida en el altar doméstico para proteger a cualquiera de nosotros que se encuentre en el aire. Su fe es tan cierta, que a uno de sus hijos -que es ingeniero de caminos- se le cayó hace poco un buldozer en una cuneta. Mi madre oyó decir que el rescate podía costar más de 100.000 pesos, y le dijo a mi hermano que no gastara ni un céntimo, pues ella iba a encender una vela para sacar el buldozer. Mi hermano la reprendió: «Sólo a ti se te ocurre que una vela puede sacar un buldozer de una cuneta». Mi madre, impasible, le replicó:

-¡Cómo no va a sacarlo, si sostiene un avión en el aire!

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Soldadito de plomo.

No podía esperar más. Lo he buscado en google y estaba, así que ahí va una historia que aunque la conocía, hace más o menos 4 años me fascinó.

Se conmemora este año el bicentenario de Hans Christian Andersen (1805-1875), escritor danés cuyos cuentos enriquecieron la infancia de tantas generaciones. Andersen nació en Odense, hijo de un padre zapatero y de una madre lavandera. Fue ella una mujer supersticiosa, quien abrió a su hijo las puertas del mundo del folklore danés. Fue ella quien lo animó a montar pequeños espectáculos de marionetas y a escribir sus propias fábulas.Entre ellas, El soldadito de plomo, que siempre me hacía llorar cuando oía a mi madre contarla. A continuación, una versión resumida.

Había una vez 25 soldados de plomo, todos ellos hermanos, pues habían salido todos de la misma vieja cuchara. Cada uno de ellos cargaba con su fusil, mirando al frente y vistiendo su uniforme azul y rojo. Las primeras palabras que oyeron en su nuevo mundo fueron las de un niño: “¡Soldados, soldados!”.El pequeño estaba festejando su regalo de cumpleaños. Todos los soldados eran exactamente iguales, a excepción de uno que tenía solo una pierna, ya que el plomo se había acabado antes de que hubieran terminado de darle forma. Pese a todo, el soldadito se mantenía de pie tan bien que el niño decidió conservarlo.

Sobre la mesa había muchos otros juguetes, pero lo que más llamaba la atención era un encantador castillo de papel. Era todo muy lindo, y, sin duda, lo más hermoso era la niña que estaba a las puertas del castillo. Era también de papel, pero tenía un vestido de gasa muy fino, y lentejuelas muy brillantes.La joven tenía ambos brazos extendidos, era una bailarina. Y su paso se alzaba tan alto en el aire, que el soldadito pensó que a ella también le faltaba una pierna. “Sería la esposa más indicada para mí,” pensó, “pero vive en un palacio”. Y decidió ocultar su amor y pasar el resto de su vida mirando a la bailarina. Todas las noches, cuando la gente de la casa se retiraba a dormir, llegaba la hora en que los juguetes se ponían a jugar y divertirse visitándose unos a otros, librando batallas o dando bailes.Los soldados de plomo se aburrían en su caja, pero habían sido entrenados para tener disciplina y educación.

Cierto día, la empleada vio que uno de los soldados estaba lisiado, y lo tiró por la ventana. Unos niños que pasaban vieron el juguete, y lo pusieron en un barco de papel, que se fue deslizando a lo largo de la cuneta hasta caer a la cloaca, que iba a desembocar en un río. Allí, un pez se comió al soldadito, pero él seguía impávido, fusil al hombro. El pez fue pescado y luego lo vendieron a la misma casa donde, un día, el niño había recibido veinticinco soldaditos como regalo.La misma empleada que lo había tirado, lo encontró en el estómago del pescado, y esta vez lo lanzó al fuego. Pero, antes de caer entre las llamas, el soldadito pudo ver, por última vez, a los mismos niños y, sobre la mesa, los mismos juguetes, y también el hermoso castillo con la linda bailarina a las puertas. Vio, en la bailarina, una lágrima de papel.

Poco a poco, rodeado de llamas, el soldadito empezó a derretirse. Mientras sus ropas iban perdiendo los colores, él intentaba mantener su porte marcial, con los ojos fijos en aquella a quien había jurado amor eterno. Los dos se contemplaban, tristes por la separación, contentos por la oportunidad de verse una vez más. No se sabe cómo, pero una corriente de viento atravesó la sala y se llevó a la pequeña bailarina, que voló como un hada y acabó cayendo también en la hoguera.Al día siguiente, cuando la empleada barría las cenizas, encontró un corazoncito de plomo, que tenía en el centro una lentejuela que, como ella sabía, pertenecía a otro juguete que estaba sobre la mesa de los niños.

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